Miserable de mí
Nuestra incapacidad ante la voluntad de Dios
“Ningún hombre sabe lo malo que es hasta que ha intentado con todas sus fuerzas ser bueno”. —C. S. Lewis
Muchas veces vivimos un cristianismo donde el optimismo y positivismo parecieran ser la cara de nuestra vida cristiana y que de eso se trata vivir en la gracia de Dios. Decimos cosas así:
“Me propongo a dar todo para Dios este año”
“Yo voy a poder hacerlo, en el nombre de Jesús”
“Lograré vencer el pecado en fe, no bajaré la guardia”
“Venceré en lectura bíblica y oración, y así caminaré fiel”
Esas expresiones no son malas a simple vista. El problema es que el optimismo, el positivismo y nuestros propios esfuerzos no abren paso a la gracia de Dios en nuestras vidas. Pensamos que esas declaraciones u oraciones son bíblicas o espirituales solo porque están cargadas de buenas intenciones. No quiero dar a entender que esta mal si de nuestra boca salen expresiones positivas. Lo que si esta mal es poner nuestra confianza en nosotros mismos al creer en estas expresiones o declaraciones. Al final solo apuntan al “yo”, y sin darnos cuenta, se eleva nuestro orgullo y nos lleva de nuevo al fracaso.
El apóstol Pablo lo comprendió muy bien en su carta a los Romanos capítulo 7, que aun como cristiano, cuando deseaba hacer lo bueno, terminaba haciendo lo malo. Había “algo” que no lo dejaba emprender la ley de Dios en su vida como creyente. Descubrió que siempre fracasaba.
De manera que, al darse cuenta de su inutilidad continua a la ley de Dios, él exclama:
“¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”. (Romanos 7:24-25 NBLA).
(Tengamos como base esta cita para el resto de esta publicación).
En la antigua Roma, en los tiempos del apóstol Pablo, se cree que aparte de la horrorosa crucifixión y otros métodos de castigo, existía un método particular, extraño e inhumano, que se aplicaba a algunos criminales: ataban al criminal cara a cara, mano a mano y pies a pies, a un cuerpo muerto, el cual tenia que cargar por el resto de su vida. A donde quiera que iba, o cualquier cosa que hiciera siempre tenia que cargar con el cadáver, hasta que el criminal finalmente moría de infección causada por la putrefacción del cuerpo con el que tuvo que soportar. ¡Qué horror! ¡¿Te imaginas?!
Así que, es muy probable que el apóstol, al hacer esta declaración, “Miserable de mí, ¿Quién me librara de este cuerpo de muerte?” (versículo citado anterior), tuviera en cuenta este singular y deplorable castigo como una metáfora de lo que significa cargar con el hombre carnal muerto por el pecado, y querer complacer a Dios desde los propios esfuerzos y buenas iniciativas. El ser humano se encuentra en una condición muerta, corrompida por el pecado, y esclavizada a la carne, siéndole imposible que se pueda someter a la voluntad de Dios y obedecerle.
Como cristianos a pesar de que hemos muerto al pecado y a su dominio (Ro. 6), nos encontramos en problemas al ver que en la experiencia aun seguimos fallando en el cumplimiento de lo que Dios nos pide. Traemos a la nueva vida partes residuales de pecado y de muerte, con los que tenemos que entrar en batalla toda la vida terrenal. Todos lo días existe una batalla entre dejar el pecado y elegir hacer la voluntad de Dios, pero ni lo primero ni tampoco lo segundo se logra en nuestras fuerzas.
En Cristo no solo somos libres del dominio del pecado, también de nuestra condición impotente para hacer lo que Dios nos manda.
Lo que la Cruz de Cristo nos enseña acerca de nosotros mismos
Creo que la declaración acerca de nosotros mismos más gloriosa y bíblica es aquella que surge después de darnos cuenta que no podemos hacer nada por nuestra propia voluntad y fuerzas para obedecer la ley de un Dios santo y redentor. (Ro. 7). Él apóstol Pablo, al ver su fracaso en cuanto a obedecer a Dios, identifica su pobreza espiritual, haciéndole exclamar: ¡Miserable de mí! En la experiencia, se da cuenta que, no solo tenemos un cuerpo activo al pecado, sino también como consecuencia, un cuerpo muerto impotente a ley de Dios. Es decir, aunque quiere e intenta hacer lo bueno, termina haciendo todo lo contrario.
El apóstol descubrió que en su unión con Cristo no solo había muerto su cuerpo de pecado (Rom. 6:6), necesitaba considerar, en fe, que en esa unión, también, incluía su muerte al “yo carnal” caído por consecuencia del pecado, que tiene disposición de hacer lo bueno, y no puede (Ro. 7). Sí, ese “algo” que no lo dejaba caminar en lo que Dios ordena era su carne, y Pablo lo llama “cuerpo de muerte”, que por más buenas intenciones tenga, esta muerto, no puede hacer nada para cumplir la voluntad de un Dios santo. En nuestra unión con Cristo, no solo somos libres del dominio del pecado, también de nuestra condición impotente para hacer lo que Dios nos manda.
Watchman Nee (2023)1, predicador chino, hace un comentario muy útil:
“Mi actividad respecto al pecado hace de mi cuerpo un cuerpo de pecado; mi inactividad con respecto a la voluntad de Dios lo hace un cuerpo de muerte”.
Nee, se refiere a “inactividad” a la incapacidad o impotencia que tiene el cristiano para lograr obedecer a Dios en sus propias fuerzas, y esto hace que sea un cuerpo de muerte como lo llama Pablo. También de ese “cuerpo de muerte” debemos ser libres.
¿Te ha pasado alguna vez que cuando tratas de leer la biblia te da sueño y terminas cerrándola? ¿Cuándo comienzas a creer que estas caminando en obediencia a Dios terminas fracasando a los pocos días? ¿Te propone a orar por la mañanas o dejar de hacer algún mal habito y terminas fracasando?
Hay un comentario muy atinado de C.S. Lewis que dice lo siguiente: “Ningún hombre sabe lo malo que es hasta que ha intentado con todas sus fuerzas ser bueno”. Hasta que hemos intentado cumplir la voluntad de Dios sin tomar en cuenta que somos libertados, no solo del pecado sino también de la carne y sus iniciativas, es que nos damos cuenta de nuestra miseria.
Cada vez que intentamos hacer algo en base en nuestros meros esfuerzos estamos repudiando la Cruz de Cristo acerca de nuestra imposibilidad de hacer la voluntad de Dios (Ro. 8:3). Estamos diciendo que lo que Dios hizo en el Hijo al condenar nuestra carne pecaminosa en la Cruz no es más importante que nuestros continuos esfuerzos y buenas intenciones. Así que bíblicamente, la carne no es forzada o mejorada, es destruida en la Cruz en nuestra unión objetiva con Cristo.
Reconociendo nuestra pobreza espiritual
El reconocer nuestra pobreza espiritual nos abre puertas al reino de la gracia. Las primeras palabras de Jesús fueron sobre esto: “Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos” (Mt. 5:3). No dice, “de ellos será”, en el futuro. Más bien, lo que dice, lo dice en presente “…de ellos es el reino de los cielos”. Las provisiones del reino de la gracia son para aquellos que reconocen su necesidad y vacío espiritual y confían en Cristo como su salvador, su fuerza y bien mayor.
Si queremos vivir bajo la gracia de Dios necesitamos considerar que el problema no solo radica en que pecamos, sino también en que queremos hacer las cosas bajo nuestros esfuerzos, aun si son buenos y sin malas intenciones. Necesitamos entender que nuestra mera voluntad y nuestros meros esfuerzos, por muy buenos que sean, no son necesarios para caminar en la gracia de Dios. Entonces “¿Quién me librara de este cuerpo de muerte?”.
Todos los días existe una batalla entre dejar el pecado y elegir hacer la voluntad de Dios, pero ni lo primero ni tampoco lo segundo se logra en nuestras fuerzas.
¡Gracias a Dios por Jesucristo!
En el reino de la gracia no se trata de nada que sea de nosotros, ni de ganas, ni de buenas intenciones, ni de voluntad. No quiero dar a entender que la gracia exime nuestra disciplina y responsabilidad en el cumplimiento de la Palabra de Dios, más bien que la gracia restaúra nuestra capacidad y esfuerzos para hacer lo que Dios nos pide.
Pablo termina diciendo “… ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”. Si, gracias a Dios quien por medio de Jesucristo nuestro salvador, nos une a él en su muerte y en su resurrección (Ro.6: 4, 5, 11), destruyendo nuestra carne y haciendo posible que su Palabra se cumpla en nuestra vida. Pero debemos creerlo en fe cada día, para que el Espíritu de Dios repose en nuestra vida.
“No solo debemos creer que hemos muerto al pecado; también debemos creer que estamos vivos para Dios, unidos a Cristo resucitado, y que somos participes de su naturaleza divina…. Y es por confiar en esta verdad que experimentamos el poder de su Espíritu, que habita en nosotros para que tengamos la capacidad de resistir las pasiones del pecado a fin de que no pueda reinar en nosotros”. (Jerry Bridges, 2001).2
Lo que se crucificó en Cristo murió ahí, incluyendo nuestros esfuerzos huecos, y al mismo tiempo resucitamos a nueva vida. ¡Necesitamos creerlo! Al poner la fe en ello, Dios, mediante su Espíritu Santo, nos da su poder capacitador, esfuerzos restaurados y motivaciones correctas para llevar a cabo el cumplimiento de su voluntad en su Palabra escrita. Así que debemos considerar lo anterior cada día y confiar en el Espíritu Santo para vivir en el reino de la gracia.
Watchman Nee (2023). La vida cristiana normal. Editorial CLC. (p. 181).
Jerry Bridges (2001). La disciplina de la gracia. Editorial CLC. (p. 80-81).



Amén hermano gracias por compartir la palabra!